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Sugerencia de la semana: Noche en el hotel, Slawomir Mrozek (microcuento)
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jueves, 8 de agosto de 2013

Pánico, diez minutos con la muerte




Este breve libro recopila anécdotas, experiencias personales y testimonios de personas que han sufrido ataques de pánico o que padecen del denominado trastorno de pánico. Se detalla con mucha precisión la diferencia entre ambos padecimientos. Hay una interesante introducción mitológica,  y se trata al pánico desde su raíz etimológica . Se rastrean conceptualizaciones a lo largo de la historia de la humanidad. No es algo nuevo, como puede intuirse en la cita introductoria: 


"Un hombre puede matar lo que hay en su interior: el amor, el odio, sus creencias, incluso sus dudas. Pero mientras se aferre a la vida, no podrá destruir el miedo"

 Joseph Conrad

Pero sí es algo "rentable", que las industrias intentan aprovechar en su afán de vendernos medicamentos.

"creer que es un invento de la industria farmacéutica resulta inexacto. Lo que ésta hace es, en realidad, mucho más grave: por un lado, se aprovecha de los cuadros de ansiedad a través de psiquiatras y médicos que reparten recetas de ansiolíticos y antidepresivos como si fueran aspirinas. Por otro, si para vender un producto necesita que ciertos protocolos médicos, categorías diagnósticas, o las pautas de " lo normal" sean modificados, presionará para hacerlo, y de hecho, lo hace"

PÁNICO, Ana Prieto




Tanto el trastorno de pánico como los ataques aislados están en estrecha relación con lo que la persona vivencia en el momento en que estos aparecen. Necesitan tratamiento terapéutico. Son normales en ciertas circunstancias de la vida; más frecuentes, al parecer, en determinado tipo de personalidades y en crisis caracterizadas por cambios abruptos o pérdidas. El abordaje que sugiere la autora es, en principio, un tratamiento serio del asunto, fuera de los escepticismos y prejuicios relacionados al respecto, y atacar la raíz del problema: la causa, que, en cada persona, puede ser distinta. 


Sugiero acompañar la lectura de este libro con la de algunos artículos de actualidad, como El normópata y Francia desmonta el negocio en torno de los llamados niños hiperactivos

Tengamos cuidado al conceptualizar la "normalidad". Algo que dije en un relato que escribí hace muy poco fue "hay que tener cuidado al delimitar la normalidad, porque la normalidad tiene márgenes, y todo lo que tiene margen, margina"

miércoles, 26 de enero de 2011

Magos y místicos del Tibet, Alexandra David-Neel


Un libro atrapante. Se trata de los apuntes que Alexandra David Neel (1868-1969) tomó durante su larga estadía en el Tibet. Su trayecto hacia Lhasa, capital de dicho territorio, queda eternizada en la obra anterior Viaje a Lhasa, el que será más una crónica de viaje, un volumen dedicado al relato minucioso de los acontecimientos sucedidos durante el peligroso y tortuoso trayecto. 
En éste, editado en 1929, la autora logra penetrar en el corazón del lamaísmo y se deleita en contarnos sus secretos, sus creencias, sus extravagancias, el asombroso control mental de los iniciados en las artes de la contemplación, la meditación y el retiro espiritual. El Tibet que nos presenta es el de la primera mitad del siglo XX. Un Tibet poco simpático con los extranjeros, y muy celoso en cuanto a develar sus métodos de entrenamiento y sus creencias religiosas. 
Son muy pocos los extranjeros que se han acercado al monje rey, retirado en su ciudad santa, en el " país de las nieves". No resultaba fácil abordarle; hasta mi visita, se negó repetidamente a conceder audiencia a ninguna mujer que no fuese tibetana. Fui la primera con quien hizo una excepción[...] 
Una occidental empapada de las doctrinas budistas era algo inconcebible para él. Si hubiese desaparecido mientras hablaba, no se hubiese sorprendido. [...] Rendido a la evidencia al fin, el Dalai Lama quiso informarse sobre mi maestro. "Si algunos extranjeros han aprendido de veras nuestro idioma-decía-y leído nuestros libros sagrados, su mensaje se les ha escapado" 
"Precisamente-le contesté-porque temo que algunas doctrinas religiosas del Tibet hayan sido mal interpretadas, me atrevo a dirigirme a usted para que me las aclare" Mi respuesta agradó al Dalai Lama: no sólo me dio explicaciones, si no que más tarde, me entregó un memorial.

Autobiográfico, pero con una narradora más testimonial que protagonista, es un libro extraordinario, en el sentido cabal del término (narra acontecimientos que están fuera de lo ordinario). Las anécdotas bien podrían recortarse y compilarse en un libro clasificable dentro del género fantástico. Escéptica es, sin embargo, a mucho de lo que le refieren. La autora sabe deslindar exageraciones, alucinaciones, visiones de trance, productos sugestivos, de realidades materiales. Aunque esto último, enunciado así, carezca de sentido para los tibetanos, pues uno de los fines del entrenamiento es la objetivación de lo imaginado, es decir su materialización. Ellos son conscientes de la sugestión, la pretenden, la llevan a límites insospechables. No niegan que sus visiones sean producidas por su mente, niegan que haya algo que no lo sea. De esta forma, al ser todo producto de la ilusión humana, el humano ha de ser capaz de modificarlo todo. La idiosincrasia tibetana hace que los fenómenos más prodigiosos sean motivo de admiración, no por el prodigio en sí, que no les produce el menor asombro, sino por el talentoso artífice, al que admiran y tratan de imitar. 
Es un lung-gom-pame dijo Yodgen. Ya he visto algunos iguales. Llevan cadenas para hacerse más pesados, porque la práctica del lung-gom les aligera tanto el cuerpo que se exponen a flotar en el aire.
Porque David Neel es escéptica se le cree mucho más cuando narra sucesos vividos en carne propia. Nunca deja de advertir las exageraciones y las meras inferencias de aquello que pudo haber pasado, pero que los nativos, aseguran que pasó. Aún así, experimenta por sí misma la telepatía, la práctica del tumo (regulación de la temperatura corporal), tres encuentros fortuitos con fenomenales lum-gom-pas (monjes ejercitados mediante la respiración rítmica y métodos gimnásticos, capaces de mantenerse corriendo durante horas y días a una velocidad constante y que, según cuentan, practican la levitación), monjes que mueren en la fecha que ellos mismos han previsto, niños que reconocen los objetos de un difunto mezclados entre muchos otros que no le pertenecieron (lo cual, para los lamaístas, certifica que el niño es avatara o tulku del muerto, esto es, su espíritu reencarnado, con lo que, se le cede el lugar que el antiguo morador ocupaba en el templo). Además de tener visiones inquietantes, y para peor, compartidas. 
Se narra el recorrido por diferentes sitios, monasterios o cabañas, de los monjes budistas, los lamas, los ascetas y los anacoretas. Hay distintas vetas dentro del lamaismo, y distintos niveles. Aprende un poco con cada uno, se recluye junto a los anacoretas, medita junto a los contemplativos, se somete a los rituales de inciación, aprende en los círculos más prestigiosos y también al lado de gomtchems (místicos contemplativos). 
¿En cuántos seres nos podemos reencarnar luego de fallecer? Hay seis especies, dice el lamaismo, procurar aspirar a reencarnarse en dioses, más si no podés, hacelo en humano. ¿De qué depende? De la sabiduría que el sujeto en cuestión haya alcanzado en su vida, la cual le ayudará a sortear las tentaciones del bardo, y llegar a buen puerto. ¿Qué es la sabiduría? Al parecer, aprender a ser indiferente ante los placeres terrenales, lograr un poder de concentración superlativo, cierto grado de indiferencia ante el mundo. Alcanzar el Nirvana sería, en suma, la mayor aspiración, una pretensión muy alta para la mayoría de los miembros. 
El mundo religioso tibetano se divide en dos partes esencialmente: los que preconizan la observación de los preceptos morales y los que prefieren un método puramente intelectual, nos dice la autora. 
Todos los ejercicios mentales tienen por motivación última el desarraigo terrenal y la disolución de ideas establecidas. La autora nos describe varios de ellos, paso por paso. 
Así habla del maestro respecto de su estudiante: 
desarraiga de éste la fe que concedía a las ideas, a las percepciones, a las sensaciones generalmente reconocidas por verdaderas, y no le permite reemplazar éstas por una nueva fe en las nociones paradójicas que le propone. Unas y otras no son más que relatividad y pura ilusión
.Para los tibetanos, que acostumbran a moldear el mundo por medio de la mente, a construirse dobles de sí mismos, tantos como quieran, o incluso ayudantes imaginarios llamados tulpas, los cuales muchas veces se tornan hostiles, los límites entre la realidad y la imaginación no existen. Todo es ilusorio, y así como se saben capaces de manejar las ilusiones que crean deliberadamente, se consideran capaces de manejar las que no tienen consciencia de haber creado, es decir, todo cuanto los rodea. Así, hay esferas que se jactan de modelar el clima, mitigar los vientos, atraer las lluvias.
Hay magos y hechiceros. Hadas (dakinis) y demonios. Estos últimos no parecen infundir el mismo terror que en occidente, son más bien un desafío, si se tiene la suficiente habilidad para atrapar a uno y hacerlo trabajar en favor de los propios beneficios, un diablo es más que provechoso. Hay en cambio objetos animados que inspiran pavor, cuchillos encantados, entidades maléficas y un sin fin de mitos, leyendas, seres invisibles. 
La práctica del Tched, uno de los ritos de iniciación ineludibles es tan despiadada como curiosa. El novicio debe atarse de pies y manos, solo a las afueras, en la noche, y clamar que lo devoren los diablos y demás seres famélicos. La mayoría de los iniciados, experimenta alucinaciones al respecto, visiones en las que son devorados. Muchos de los rituales a simple vista parecen aberrantes, pero encierran significados más profundos y se podría caer fácilmente en el error de querer interpretarlos o juzgarlos mediante el pensamiento occidental, carente de noción alguna. La ceremonia mortuoria, el trato al cuerpo del finado, la severa advertencia al muerto de que no vuelva, la disección del cuerpo e incluso, en algunos casos, el canibalismo, están dotados de un significado litúrgico profundo.
La forma en que relata los hechos la autora es magistral, no se priva de ciertos matices humorísticos. Ella es sólo una observadora, el punto focal se pone sobre los hechos, las leyendas, la filosofía y lo que experimenta. Deja traslucir tanto el gran poder psíquico que los lamas adquieren mediante el control de su mente, como también el celoso resguardo de los secretos de las prácticas, la superstición, la fácil sugestionabilidad de los habitantes, incluso, la inocencia de éstos ante hechos que consideran paranormales. 
Este libro es un caldo de cultivo para la imaginación. Abre una puerta hacia una mitología desconocida. Lo considero muy inspirador. Las múltiples anécdotas son verdaderas perlitas. ¿Cómo hace un muerto para saber que está muerto? Razón suficiente para leerlo, el interés de los monjes lamaístas por el más allá y las ideas que conciben al respecto difieren mucho de las de este lado del mundo y son por de más de atrayentes.
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Motivo por el que busqué este libro: caí de manera fortuita en una vieja revista Ñ que exhibía, en la sección de cuento semanal, un relato de ella . Al buscar el nombre de la autora en internet, di con esto en la wikipedia: Una práctica, un juego peligroso, algo que no debió conocer nunca fue el inicio de su particular infierno. Alexandra se mostró muy interesada por una práctica budista denominada creación de un tulpa. Los lamas budistas le advirtieron que era una enseñanza nada recomendable, pues consiste en la creación de un fantasma generado a través de nuestra mente. Alexandra fue advertida de que estas creaciones podían volverse peligrosas o incontrolables. Demasiado tarde, Alexandra estaba fascinada con la idea e ignoró la advertencia de sus educadores.

Alexandra se alejó del resto de sus compañeros y, una vez aislada de todo, comenzó a concentrarse en dicha práctica. Ella visualizó en su interior lo que quería crear, imaginando un monje de baja estatura y gordo. Quería que fuese alegre y de inocente actitud. Tras una dura sesión, aquella entidad apareció frente a ella.

Aquella entidad era algo así como un robot, sólo realizaba y respondía a los mandatos de su creadora. Con una sonrisa fija en su rostro, el monje accedía sin rechistar a lo que ella le ordenaba. Lamentablemente, no siempre fue así y aquel tulpa comenzó a realizar actividades que no les había sido encomendadas. Tal era la independencia de aquel fantasma de apariencia corpórea que los demás monjes lo confundían con uno más. Su creadora comenzó a sentir miedo, aquella entidad comenzaba a ser un ser con voluntad propia.

A medida que iba siendo más independiente, los rasgos físicos que aquel bonachón monje fantasma fueron cambiando. Su afable sonrisa fue cambiada por otra más pícara, su mirada pasó a ser malévola y nada afable para todos los que convivían con aquel extraño ser. La propia Alexandra comenzó a sentir miedo.

En su libro publicado, Magic and Mysteri in Tibet, Alexandra David-Néel narra los seis duros meses que duró el invertir aquel proceso, conseguir que su creación se desvaneciera. Aquel monje se había hecho insoportable y Alexandra tardó lo suyo antes de conseguir invertir aquel proceso. “No hay nada extraño en el hecho que pueda haber creado mi propia alucinación. Lo interesante es que en estos casos de materialización, otras personas ven las formas de pensamientos creadas.”- declaró la antropóloga cuando posteriormente se le galardonaba con una medalla de oro por La Sociedad Geográfica de Paris y nombrada Caballero de la Legión de Honor.

Magia y misterio en el Tibet será el próximo libro en leer (cuando lo encuentre), por ahora hallé éste. Lamentablemente no se consiguen con facilidad. Hay poca bibliografía en castellano acerca de esta autora, pero la mayoría de sus libros (que son treinta en total) han sido traducidos. La autora es francesa, vivió hasta los 101 años, y en la víspera de su muerte había renovado el pasaporte porque nunca se sabe. ....Para el interesado, un documental acerca de ella, que entrevista a su biógrafo Jesús Callejo:

viernes, 5 de noviembre de 2010

Las pequeñas memorias, José Saramago

    Si quieren conocer cómo eran los tiempos de antes, y cómo se las arreglaban las familias de escasos recursos que vivían tanto en el campo en una pequeña choza de adobe y paja así como, en zona urbana, rentando habitaciones "con derecho a cocina" o compartiendo vivienda y gastos con otras familias, lean estas memorias.
    No es una sucesión cronológica de hechos, es más bien un fluir espontáneo de recuerdos de la infancia y de la adolescencia, de allí el título de pequeñas memorias. ....Las evocaciones se hilvanan en desorden, emanan desde el capricho de la mente, eso que nos da por recordar esto o lo otro de manera arbitraria. Va para atrás y para adelante en el tiempo sin el menor problema.
    Como es una obra autobiográfica, carece del alto vuelo imaginativo que tienen sus otras novelas, pues aquí se ve limitado por los hechos y lo que de ellos recuerda. Diría que es un libro recomendadísimo para quienes tengan entre sus escritores preferidos a José de Sousa, que este es el verdadero nombre del autor, a quién un empleado del registro civil, algo borracho a la hora de anotar al niño, le adjuntó detrás del apellido real el apodo por el cual se conocía a la familia en la aldea: Saramago (en español Jaramago) bautizándolo para siempre con el que sería, más adelante, un prestigioso nombre literario.
    Creció en una familia de bajos recursos, padre policía y madre ama de casa. Su único hermano, Francisco, murió a la edad de cuatro años, víctima de una enfermedad infantil. Su niñez y parte de su adolescencia es la historia de traslados constantes de una casa a otra, un promedio de una mudanza al año.
    Se inicia en la religión porque en uno de los cambios domiciliarios les toca compartir techo y gastos con una familia en cuyo seno vivía una mujer que le sugirió a la madre de Saramago que ya era hora de que el niño haga su comunión. Así la describe Saramago a su madre ante la sugerencia de la vecina: escéptica por indiferencia. Así es, su madre, escéptica por indiferencia, le dice que sí, que le da permiso para que lleve al chico a adoctrinar.
    A los abuelos paternos los describe como fríos y vacíos de afecto. El verdadero solaz donde este niño va a disfrutar algunas temporadas es a la casa de sus abuelos, perdida en el campo. Una vivienda precaria, sin ventanas, de adobe y paja, donde todo es sinceridad y nada se oculta, donde el niño aprende las tareas del campo y la sencillez y humildad del carácter de sus abuelos.
    "...en una época como esta nuestra en que a los cinco o seis años, cualquier niño del mundo civilizado, incluso sedentario e indolente, ya ha viajado a Marte para pulverizar a cuantos hombrecitos verdes le salieran al paso* [...] Al lado de tan superiores hazañas el muchachito de Azinhaga sólo podría presentar su ascensión a la punta extrema del fresno de veinte metros [...] Poca cosa, es verdad, pero me parece más que probable que el heroico vencedor del tiranosaurio ni siquiera sería capaz de atrapar una lagartija con la mano."
    Habla de su temor a los perros, iniciado durante su niñez a raíz de una confrontación al penetrar el pasillo de la dependencia, un edificio re- alquilado entre muchas familias.
    Una de sus pesadillas recurrentes:
.......me veía encerrado en una habitación de forma triangular donde no había muebles, ni puertas, ni ventanas, y en un rincón cualquier cosa (lo digo así porque nunca conseguí saber de qué se trataba) que poco a poco iba aumentando de tamaño mientras sonaba una música, siempre la misma, y todo aquello crecía y crecía hasta arrinconarme en la última esquina, donde por fin despertaba.
    Las anécdotas van de lo gracioso a lo tragi-cómico, pasando por lo desconcertante.
.    "...la bofetada era un instrumento indispensable en los métodos educativos vigentes [...] la aciaga palabra era acelga, que él pronunciaba acega. Bramaba el tío: ¡Acelga, so bruto, acelga!, y Leandro ya a la espera del sopapo, repetía: Acega. Ni la agresividad de uno, ni la angustia del otro merecían la pena, el pobre chiquillo, aunque lo mataran, diría siempre acega. Leandro, claro está, era disléxico"
    Este episodio del que pego a continuación un fragmentito me gustó en particular, porque la verdad, cuando oigo decir a alguien eso de que en mis tiempos no pasaba refiriéndose a una cosa tenida por indecente siempre medito ¿no pasaba o pasaba a ocultas? Mi abuela lo decía con más precisión, porque ella decía esto en mis tiempos no se oía. Y sí, se ocultaba, qué se va a oír . Aquí Saramago con su delicada ironía final, me hace pensar que ando en lo cierto:
    "También fue en la calle Padre Sena Freitas donde dormí (o no dormí) parte de una noche con una prima [...] acostados en la misma cama, ella de la cabecera a los pies, yo de los pies a la cabecera. Precaución inútil de las ingenuas madres [...] dimos comienzo a una minuciosa y mutua exploración táctil de nuestros cuerpos [...] Fingíamos dormir como angelitos cuando, iba ya la noche bien entrada, la tía María Mogas vino a recogernos a la cama para regresar a casa. Aquellos sí eran tiempos de inocencia."
    Aquí se resume una duda que solemos tener las personas respecto de los recuerdos, sobre todos los más antiguos, aquellos que vienen de la infancia:
    "A veces me pregunto si ciertos recuerdos son realmente míos, si no serán otra cosa que memorias ajenas de episodios de los que fui actor inconsciente y de los que más tarde tuve conocimiento porque me los narraron personas que sí estuvieron presenten, si es que no hablaban, también ellas, por haberlas oído contar a otras personas."
    Primer libro que lee José Saramago: A Toutinegra do Moinho, de Émile Richebourg.
....Hay nostalgia a la hora de plasmar muchas líneas, el lector puede percibir esto como un ligero temblor de dubitación, como una añoranza, como la nostalgia del paraíso perdido o a punto de perder. Frecuentemente hay una afirmación que se repite casi obsesiva, yo te recuerdo, yo la recuerdo, yo los recuerdo, que creo parten de la certeza de que esas imágenes, esos recuerdos, esos hechos, están grabados en la cabeza del autor y de nadie más y que, al morir, desparecerán con él. Vean esto, me conmovieron estas líneas:
    "Tú estabas, abuela, sentada en la puerta de tu casa, abierta ante la noche estrellada e inmensa, ante el cielo del que nada sabías y por donde nunca viajarías, ante el silencio de los campos y de los árboles encantados, y dijiste con la serenidad de tus noventa años y el fuego de una adolescencia nunca perdida: El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir. Así mismo. Yo estaba ahí."
    Escenas de la vida cotidiana en casa de los abuelos maternos:
    "Entre los lechoncitos acabados de nacer aparecía de vez en cuando uno que otro más débil que inevitablemente sufriría con el frío de la noche, sobre todo si era invierno, y podría serle fatal. [...] Todas las noches mi abuelo y mi abuela iban a las pocilgas a buscar los tres o cuatro lechones más débiles, les limpiaban las patas y los acostaban en su propia cama. Ahí dormían juntos, las mismas mantas que cubrían a los humanos, cubrían a los animales, mi abuela de un lado de la cama, mi abuelo del otro y, entre ellos, tres o cuatro cochinillos que creerían que estaban en el reino de los cielos..."
    El inquietante caso de la tía Emídia, persona de edad, que había venido a casa de los Saramago por unos días y vendía golosinas en un puestito en la calle. Una mujer a la que le gustaba el alcohol:
    "Un día las mujeres de la casa la encontraron tendida en el suelo de su habitación, con las piernas abiertas y las sayas levantadas, cantando no me acuerdo qué, mientras se masturbaba. Yo también acudí a curiosear, pero las mujeres formaban una barrera y apenas pude percibir lo esencial... Debía de tener unos nueve años, no más."
    Al final del libro hay fotografías explicadas de puño y letra por José Saramago. Contaba con pocas imágenes de su niñez y de su juventud, razón por la que si se busca en google imágenes de dicho escritor, solo aparecen las que lo muestran de edad avanzada. Las pocas que hay de etapas más tempranas de su vida, las adosó a sus Pequeñas memorias. Resalta la adoración que sentía por su madre y por sus abuelos maternos.
    En aquellos tiempos esto tampoco pasaba. Pero pasó:
    "Yo tendría, creo, entre los dos y tres años. Un poco alejado de la casa (todavía estábamos viviendo en la calle E), había un montículo de caliza abandonado de alguna obra. A la fuerza (mi débil resistencia de nada podía servirme), tres o cuatro niños ya crecidos me llevaron hasta allí [...] me bajaron los pantalones y los calzoncillos y, mientras unos me sujetaban los brazos y las piernas, otro comenzó a introducirme un alambre en la uretra.[...] Tal vez la sangre abundante que comenzó a salir de mi pequeño y martirizado pene me salvara de lo peor. Los mozalbetes se asustaron, o tal vez pensaron que ya se habían divertido lo suficiente, y huyeron."
    .Finalmente, queda por decir que muchas de las personas que se ven fugazmente esbozadas en este libro dejaron una huella profunda en el niño o jovencito que en ese tiempo era el autor, y determinaron aficiones, oficios, inquietudes, modos de ver, de sentir y de pensar que se pueden rastrear, aunque levemente, en sus novelas ficcionales.

*Se refiere al mundo virtual, a los videogames.