Obviamente, no se quién las define como malas palabras. Tal vez sean [las palabras] como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo; entonces: hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo.
Roberto Fontanarrosa
Dibujante y escritor argentino
(1944-2007)
Yo misma no uso palabrotas porque en mi casa, en la infancia, no las usaban, y me acostumbré a expresarme a través de otro lenguaje. Pero la palabrota -la que expresa lo que una palabra no haría- esa no me choca. Hay piezas de teatro [...] que simplemente no podrían existir sin las palabrotas a causa del ambiente en que ocurren y por el tipo de personajes. [...]
¿Cuál es, entonces, el problema que podría suscitar el uso de la palabrota adecuada a un texto?



